Energía y progreso ha sido un binomio inseparable a lo largo de la civilización. Las dimensiones del progreso basadas en la ciencia y la tecnología, en el mercado y en la existencia de marcos institucionales de gobernanza han sido moduladas a lo largo de la civilización por el factor energía. En efecto, el progreso ha sido posible en aquellas etapas de la historia en que han existido instituciones de calidad, se ha practicado el comercio y la ciencia ha iluminado el futuro. Y todo ello acompañado por un elemento moderador o amplificador de tales ondas expansivas, y al que raramente se le presta atención: la disponibilidad y el coste de la energía.

Las fuentes de energía han marcado importantes cambios económicos y sociales a lo largo de la civilización. Así ha sucedido con la domesticación del fuego; más tarde del viento y del agua; siempre el uso de la radiación solar; el carbón mineral en el siglo XVIII; el petróleo en el s. XIX; y recientemente el gas natural y la fisión nuclear; etc. Cada una de las nuevas fuentes energéticas se ha sumado a las ya existentes, sin sustituirlas, creando nuevas formas de producir energía junto a las anteriores.

La energía ha sido, por tanto, causa y motivación de progreso. Y este mayor progreso ha supuesto al mismo tiempo un mayor consumo de energía. No se puede obviar que el crecimiento económico unido a este mayor consumo energético ha permitido a lo largo de las últimas décadas que millones de personas se hayan incorporado a la senda del bienestar.

A su vez, este uso masivo de energía ha producido externalidades negativas medioambientales, y, en algunos casos, sociales. Del orden de un 80% de las emisiones de gases de efecto invernadero están ocasionadas por el consumo de energía fósil. Ésta representa aproximadamente el 80% del total de la energía primaria que consume la humanidad.  Su demanda nunca ha dejado de crecer y ya ha alterado la composición de la atmósfera y de los océanos. El uso masivo del carbón por parte de China en los últimos 25 años (para la producción de electricidad, acero y cemento), entre otros emisores como EEUU o la UE, que vienen emitiendo de manera relevante desde el s. XIX ha provocado una deriva insostenible.

La transición energética actual hacia una sociedad descarbonizada es un desafío sin precedentes. La diferencia de esta transición respecto a las anteriores es que éstas tuvieron su recorrido, mientras que la actual debe producirse de manera forzada y en poco espacio de tiempo, ya que los objetivos de mitigación del cambio climático son ambiciosos, de acuerdo al reto que enfrentamos. En este sentido, será la primera transición forzada más allá de lo que la tecnología, los recursos y la economía hubieran impulsado por si solas.

En este contexto es clave la calidad de las decisiones que se tomen. La actual transición energética requiere la implicación de gobiernos y reguladores, de empresas y sector privado, de inversores, de consumidores y de la sociedad en su conjunto. Debe ser abordada desde múltiples perspectivas. Debemos forzar la transición energética teniendo en cuenta que los recursos son limitados y necesarios para generar y mantener el progreso alcanzado mediante la educación, la sanidad o las infraestructuras. Hay que impulsar la agenda de transición sin frenar el irrenunciable proceso de reducción de la pobreza en el mundo que ha creado una inmensa clase media como hasta ahora no habíamos conocido (se ha multiplicado por dos veces y media desde el año 2000 y ya representa el 45% de la población).

En nuestro próximo 16 Encuentro del Sector Energético debatiremos sobre estas cuestiones poniendo un énfasis especial en algunas de las dimensiones facilitadoras de una transición energética efectiva. En particular pondremos nuestra mirada en la disrupción en los modelos de negocio, la disrupción tecnológica y la disrupción geopolítica, teniendo presentes los escenarios energéticos y medioambientales a 2030 y el rol de todos los agentes implicados en un desafío global.

Empresas colaboradoras

 

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12- 13 de febrero de 2019

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